Introducción:
El Método Tamara Di Tella consiste, hoy dia, en un aparato llamado el T-DITELLA®, con el cual se pueden realizar más de mil movimientos que comparten los mismos conceptos de Joseph Pilates pero a los cuales Tamara les ha adicionado el elemento aeróbico, que a Pilates le faltaba.
“Do you speak English?” me dijo Sting cuando nos conocimos, y enseguida agregó: “Yo no puedo decir ni una sela palabra sin morirme de verguenza”. Estuvimos juntos durante cuatro días y sólo al final repitió conmigo, al escuchar un tango: “ es una atracción irresistible”.
Nos presentaron en el estadio de River, donde había concurrido con mi mano derecha, Marina, y su asistente, Paula. Nunca imaginamos tantos waki-talkies y tantos hombres de espaldas del tamaño del incredible hulk cuando se pone todo verde. Aunque estuve con presidentes y hasta reyes, nunca me tocó vivir semejante custodia como la de Sting!. Apareció con vaqueros gastados, zapatillas y una remera suelta, y me advirtió: ” No voy a usar calzas”. Le expliqué a él y a su asistente que me había convocado, que no era necesario que use calzas para hacer los ejercicios. Se tranquilizó.
Le habian armado una carpa de lujo oriental. Alfombras persas, candelabros, almohadones, gobelinos, fuentes con frutas, chocolates, incienso y muchas cosas más que uno no se imagina encontrar en la cancha de River. Pero Sting, él mismo, como persona, es el polo opuesto a todo ese despilegue de lujo dorado. Sting es una persona sencilla, casi humilde. Algo tímido al principio, no se detecta el torbellino de fuego que hay adentro de él. “Mi marido es un monstruo” nos dijo su esposa, Trudy, con sonrisita cómplice mientras él entrenaba de cara al sol. Trudy, ex bailarina y escorpiana como él, es dueña de una flexibilidad y una elegancia en el movimiento francamente envidiables. Sting y Trudy se llevan muy bien y se les nota. Parecen novios.
Al dia siguiente fuimos directamente a su habitación de hotel. Me llamó la atención que no hubiera música, pero si libros. Muchos. En la mesita de apoyo vi un pañuelito rojo con arabescos de esos que se anudan al cuello. ¡Muchos fanas matarían por tener ese pañuelito!. En la clase de gimnasia ambos usaban equipos cómodos y muy gastados. A Trudy se le notaban los breteles del corpiño (negro), y a Sting el borde del calzoncillo (gris, y de una marca muy conocida). “Ah! Piazzola”, me dijo, cuando comenzó la clase, y lo dijo con mucho respeto, casi admiración.
En la heladera encontré agua, jugos, yogures y fruta. “El no bebe, no fuma y no duerme”, me dijo Trudy, y Sting confirmó: “sólo cinco horas por dia, yo no puedo dormir más”. Sting es flaco y de músculos largos. “No me gustan mis brazos, porque son muy musculosos”, dijo, y uno no puede creer que se queje de algo que todo el mundo mataría por tener. Sting es contorcionista de esos que pueden poner el pie detrás de la oreja mordiéndose la rodilla al pasar.
Después de tanto tiempo juntos, es inevitable empezar a hacerse amigos. Es que Sting y Trudy no parecen tener la menor idea de lo famosos que son o del impacto que tienen en la gente. “¡Llenaste el estadio!”, grité entusiasmada con el Clarín en la mano, la mañana después del recital. “No, no me muestres”, y miró hacia el suelo como si le diera verguenza. ¿Es por cábala? ¿Es vergonzoso?. No sé, pero obviamente no le gusta verse en los diarios. Es que la gente conocida no sabe que lo es. Sting lo sabe, pero no le importa. “Tengo que ir a tabajar”, dijo cuando se despidió el último dia. Me dio dos besos a mi, uno en cada mejilla, y luego a Marina y después a Paula. Se puso su sombrerito gastado de demin negro, y salió. Iba a River. Iba a cantar.