A lo largo de los años, desde que abrí mi primer spa, vengo escuchando la misma mitad-queja-mítad-pregunta, tanto de hombres como de mujeres: ¿qué pasa que llega un momento en que no puedo adelgazar más? Yo misma me he hecho esa pregunta al ver que el ejercicio físico me ayuda a mantenerme en peso pero noto que llega un momento en el que, no importa cuánta gimnasia haga (y coma lo mismo), ¡me estanco y no logro bajar más! Es más, me descuido un minuto, y ¡ya aumenté otra vez!
He preguntado a cuanto especialista se me ha cruzado por el camino, y he escuchado todo tipo de respuestas eruditas al respecto, pero el problema continúa: llega un momento en que la balanza se estanca y no quiere moverse más. Juliana, una médica nutricionista amiga, me dijo una vez que a ella le pasa lo mismo con sus pacientes con sobrepeso y que es muy frustrante porque pueden perder 35 kilos y estar motivados para perder los que faltan para llegar a la meta pero, a último momento, la balanza se clava y se niega a continuar.
El momento más frustrante de cualquier dieta es ese punto en el que la balanza se clava y se niega a moverse. ¿Cuál es la causa de este irritante fenómeno? ¿Hay algo que se pueda hacer?
Conocí el caso de un paciente obeso que empezó una dieta estricta a los 19 años y perdió como 44 kilos. Luego los aumentó todos otra vez y a los 32 años volvió a perderlos. Pero justo cuando le faltaba adelgazar esos pocos últimos kilos para llegar a tener un peso normal, no pudo bajar más. Imaginen la frustración de hacer actividad física, comer bien... ¡sin que la balanza se mueva!
Algunos nutricionistas dicen que el peso de una persona llega naturalmente al nivel necesario para que sus órganos se ajusten al nuevo peso. Una vez alcanzado ese nivel, podemos perder los pocos kilos que faltan a través de la actividad física, o más específicamente, aumentando la intensidad de la actividad física que hagamos. Sea cual fuere, la cosa parece pasar por la intensidad, más que por la cantidad.
Las rutinas aeróbicas como el step, el baile, la clase de gimnasia localizada o de spinning, por ejemplo, ayudan mucho a bajar de peso al principio, pero eventualmente las rutinas aeróbicas pierden ese desafío inicial. Es por eso que muchos expertos en fitness aconsejan caminar o trotar en terreno irregular o, mejor aún, con pendiente, así podemos ir aumentando el grado de esfuerzo. La cuestión es ir agregando algo de resistencia a la actividad de nuestra preferencia de tal manera que el esfuerzo sea cada vez mayor.
Mucha gente piensa que aumentar el nivel de esfuerzo va a aumentar el grado de hambre proporcionalmente. Pero, ¿saben qué?, lo he testeado muchas veces y no es así. Una vez que empezamos una actividad física y vamos gradualmente aumentando el nivel de intensidad, sentimos que necesitamos comer menos, no más. Bueno, por lo menos eso es lo me pasa a mí: cuando hago ejercicio pierdo las ganas de comer. Y, al revés, cuando me quedo quieta sin hacer ningún tipo de actividad física, me da hambre y empiezo a comer alguna cosita to-o-o-o-do el tiempo. ¿No les pasa a ustedes también?
Al fin, todo se reduce a la física. Hacer ejercicio es excelente si no nos quedamos haciendo siempre lo mismo (mientras nuestro cuerpo se acostumbra). Caminar a paso normal está bien; si subimos la velocidad, está mejor; y si además logramos aumentar la intensidad, mejor aún. De esta manera quizá logremos atravesar esa nefasta barrera que no nos deja bajar los últimos kilitos que tenemos de más.