Tamara Di Tella:
"Si Le Quedan Dudas Llame A Su Mama"
Desconfía de todo lo natural. Abandonó la sociología y sus prolongados estudios en el exterior por la salud. Desarrolló una teoría sobre los partidos políticos comparados. Como su madre se casó con su profesor. Hoy su gran preocupación es hacer sentir bien a la gente.
Desconfíe de los especialistas que en vez de decir cara dicen rostro", ríe misteriosa Tamara Di Tella. Es la mañana del día de su cumpleaños y lo celebra con un enorme tazón de café con leche y el canto de buenos augurios de sus hijos, Carolina y Sebastián.
Sobre la mesa, apilados, están sus libros con temas tan conflictivos como el peso o la celulitis. "Para la luminosidad de la piel, media hora de marcha rápida al aire libre es mucho mejor que cualquier tratamiento de belleza.
¿ Vio alguna vez un atleta con mala piel?", agrega, como apostando al desafío.
"Otra cosa: desconfíe siempre de los productos naturales. ¿Sabe lo que significa producto natural? Es algo sin procesar, que no está sujeto a controles internacionales ni de laboratorio. En esas condiciones, yo ni loca me aplico un producto semejante", explica.
¡Ah! ¿Le gustan los cosméticos con olor a coco? ¿No es cierto que son frescos, agradables, que dan sensación de salud? ¿Sabe qué es esa fragancia? Usted, hombre lógico y sensato, dirá «¡nada más fácil, es una esencia derivada de alguna parte del coco!» Pues no, lamento desilusionarlo, ¡son moléculas grandes de grasa saturada de vaca y, últimamente, también de soja! El coco nunca entra en escena. ¡Las apariencias engañan
-¿Alguna otra revelación?
-Como norma general, recuerde que un esteticista es alguien que explica en difícil lo que cualquiera explica más fácil.
-¿Cómo llega a interesarse por la belleza?
-A mí no me interesa la belleza ...
-¿No?
-No ...
-¿Qué le interesa?
-La salud.
-Bueno, ¿cómo llega a interesarse por la salud?
-Es una historia larga, ¿tiene tiempo? -Todo el tiempo del mundo. -Comienza el 29 de julio de 1966, con un hecho traumático: la cristemente célebre Noche de los Bastones Largos. El día en que el gobierno de Onganía intervino las universidades. Tenía diecisiete años, y esa noche decidí irme a estudiar al extranjero. Era un buen momento: en los grandes países había dinero y buenas becas para los estudiantes que huían de los regímenes totalitarios. Yo estudiaba ciencias políticas y terminé en la mismísima Universidad de Harvard, luego en Oxford y finalmente en Stanford, en California, que en esos momentos eran los ombligos del mundo; ¡no lo podía creer! Hasta los treinta
años viví en ese mundo fabuloso. Una tropezaba en los pasillos con grandes sociólogos, como el funcionalista Talcott Parsons o el filósofo Giovanni Sartori; con premios Nobel, como el economista Milton Friedman, con el economista de la Universidad de Londres sir Ralph Dahrendorf, con Henry Kissinger ...
-¿Cómo era Kissinger?
-Petiso, regordete, prepotente, soberbio. Hablaba muy mal inglés y mientras todos los profesores daban sus conferencias en las aulas, a él, cada vez que se le ocurría abrir la boca, había que habilitarle el auditorio. No era una buena persona, no lo queríamos.
-¿Qué hacía en Harvard?
-Mi especialidad eran los partidos políticos comparados y desarrollé una teoría interesante: el impacto de la inmigración en la política argentina ...
-¿Qué proponía?
-Mi idea era que la democracia es un fenómeno típico de la clase media. A la aristocracia no le interesa y las clases muy bajas no lo entienden bien. El problema es que en nuestro país las clases medias se forman a partir de un aluvión inmigratorio y no tienen un compromiso fuerte con la nación.
-¿Cómo es eso?
-Piense. La Argentina moderna se forma en la segunda mitad del siglo XIX, con un buen proyecto (revolucionario para la época) inspirado en la Constitución de los Estados Unidos. Pero una vez establecidos los fundamentos, ¿quiénes pueblan el país para desarrollar el proyecto? ¡Los inmigrantes, que llegan en masa! Hasta tal punto, que a principios del siglo XX el 30% de la población está constituida por inmigrantes. Gente sufrida y muy trabajadora, pero que siente que está de paso, soñando con hacer la América y regresar rápidamente a la añorada Europa. ¿Se da cuenta? No hay compromiso.
Para la misma época, los inmigrantes en los Estados Unidos constituían sólo el 13 % de la población, pero con una gran diferencia.
-¿Cuál?
-Que no tenían ningún interés en regresar. ¡No podían! Hambrunas, persecuciones religiosas y amenazas de muerte disuadían cualquier intento. Resumiendo, la clase media estadounidense se sentía responsable, le convenía el desarrollo de su tierra; en cambio, la Argentina creció con un compromiso tibio, mirando siempre lo que ocurría en Europa.
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