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  Revista: GENTE
  Fecha: Abril 14, 1999
"Instituto Di Tella"

 

En tres pisos de la calle Florida y en una década, el Di Tella generó la mayor movida cultural de la historia del país. Desde sociólogos e historiadores hasta músicos, actores y artistas plásticos de ruptura asombraron y escandalizaron a gran parte de la sociedad, sedujeron a otra y batieron un extraño récord: fueron acusados al mismo tiempo de comunistas, imperialistas pronorteamericanos y locos. El movimiento, jaqueado por problemas económicos y por el gobierno de Onganía, se diluyó. Pero muchos de sus nombres perduraron, y sus obras tienen alta cotización internacional. Hoy es recuerdo y nostalgia, pero sus huellas más firmes y auténticas no se borrarán jamás. Esta es su prodigiosa y polémica historia...

Que vengan los bomberos y quemen todo esto!!!". (Una mujer, una tarde del '66, en la puerta de Florida 936.)
Llamar a los bomberos para quemar, no para apagar, tiene un antecedente ilustre: la novela Farenheit 451, de Ray Bradbury, un tiro al corazón contra los regímenes totalitarios de cualquier signo. Acaso la mujer del histérico grito ni siquiera sospechaba a Bradbury y sus feroces bomberos, pero coincidió con ellos, Habitué de la británica Harrods y su Five O'Clock Tea, se metió -por curiosidad o por error, quién sabe- en el 936 de Florida, y veinte minutos después huyó, tambaleante, como si le hubieran inyectado ácido lisérgico. Se entiende: en esos veinte minutos y en ese laberinto la cegaron luces de neón, tropezó con un cuarto en penumbra donde yacía una pareja semidesnuda, se vio atrapada entre las paredes de una enorme cabeza de plástico (allí, alguien intentó maquillarla, además...), y después de salir a duras penas de esa trampa cayó en una cámara frigorífica transparente en la que llovía papel picado. Pero el laberinto no era una alucinación: tenía nombre -La Menesunda- y autores -Marta Minujín y Rubén Santantonín-. Y era apenas el emergente, la punta del iceberg de la mayor movida nativa (¡400 mil espectadores en el '67!) de la historia: el CAV (Centro de Artes Visuales del Instituto Torcuato Di Tella), entronizado en su fundación (agosto del '60) en el barrio de Belgrano y mudado a su templo de la calle Florida el 12 de agosto del '63, para goce de muchos, horror de otros y estadística de algunos: fue, en estas pampas, el diamante de La década prodigiosa; esos sixties del asesinato de los Kennedy, de la guerra de Vietnam, de la revolución sexual, de los hip-pies, de los Beatles, del mayo en París.

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"El Di Tella" -necesaria abreviatura de los largos nombres que la fundación dio a sus trincheras de artes plásticas, música, teatro, historia y sociología-, creado y sostenido por la entonces poderosa empresa Siam Di Telia (fabricaba heladeras, electrodomésticos vanos y hasta autos), tenía al timón a los hermanos Guido (el hoy canciller) y Torcuato, y en su década de vida -murió entre el '70 y el '71- ostentó un curioso récord: la ultra-derecha criolla lo acusó de comunista; la ultraizquierda, de capitalista y pronorteamericano; la dictadura de Juan Carlos Onganía, de subversivo y disolvente; la clase intelectual tradicional, de estúpido, payasesco y snob. La policía de Onganía, en cambio, no,emitió juicio de valor alguno: se pronunció con razzias, fajas de clausura y uno que otro bastonazo con el largo machete que debutó en Económicas sobre la anatomía de los estudiantes.

Pero, a despecho y contramano de las olas anti, el Di Telia provocaba a cada paso con la bendición de Jorge Romero Brest, director del CAV con mucho de pope y algo de Buda que alentaba a sus huestes con estas consignas: "La pintura de caballete ha muerto"; "Adoremos el arte vivo"; "No hagamos política: es la muerte del arte"; "Me importa menos la calidad que la originalidad", etcétera. Y así, al ritmo de ese Imprimatur, no sólo estallaban audacias como La Menesunda de Minujin: desde un escenario teatral se echaba al público al grito de "¡¿Qué hacen aquí?! n¡Vayanse!I!; desde el mismo escenario, en su espectáculo Bonino aclara ciertas dudas, el tal Bonino masticaba y escupía lo masticado sobre el indefenso público de las primeras filas; una tarde de sábado, un dítellista convocaba al público a un happeníng (otro nombre que puso de moda aquella movida) muy irritante para los nacionalistas patrios: "¡Todo el mundo a patear guitarras!". Y había prismas gigantes, y extraños discos giratorios, y esculturas en vivo, y un joven acólito del CAV era expulsado de una gala en el Colón porque pretendía hollar el establishment vestido con pantalones negros, levita bordó, camisa naranja y corbata verde. Y al amparo del Prohibido prohibir (París, mayo, '68), el hall del Di Tella se colmaba de minifaldas (las auténticas Mary Quant británicas), vestidos de hule, pantalones pata de elefante, anteojos azules a lo John Lennon, pelos electrizados con spray y una jerga que disparaba contra el severo código de la Real Academia Española.

Desde luego -es inevitable, lo será siempre-, aquella revolución cobijaba internas (duros encontronazos entre los camp y los kitsch, por caso), arribistas sin talento, aventureros, colados, miembros de número y cuanta fauna pueda imaginarse. Pero también nombres como Marta Minujin, Enrique Pin-ti, Nacha Guevara, Edgardo Giménez, Marikena Monti, Luis Felipe Noé, Rómulo Macció, Ernesto Deira, Dalila Puzzovio, Osear Bony, Alberto Ginastera, Clorindo Testa, Antonio Seguí, Marilú Marini, Jorge Petraglia, Griselda Gámbaro, Jorge Glus-berg, Alfredo Arias, Norman Brisky, Roberto Villanueva, Julio Le Pare, Pablo Messejean, Roberto Píate, Margarita Paksa, Roberto Jacoby, Les Luthiers, y siguen las firmas... Es decir artistas que eran tales antes del Di Tella y que siguen siéndolo, aunque sólo queden del santuario la memoria y el edificio, convertido en un negocio que le vende cuero a turistas y nativos.

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Tampoco queda demasiado del territorio que nació y creció en torno del CAV: el bar Moderno cayó bajo la piqueta, el Bar Baro se mudó a la cortada Tres Sargentos, y la Galería del Este languidece al compás de una tercera reforma que borra de sus paredes los últimos ecos de Los locos del Di Telia, como los llamaban sus formales enemigos.
¿Cómo y cuándo empezó la agonía del demonio, como llegó a bautizarlo un escritor de segunda línea? El génesis del final tiene dos claras vertientes: la decadencia de la empresa Siam Di Tella y la persecución desatada por el gobierno de Onganía. La primera lo hirió de muerte en lo económico, y la otra, si no en el espíritu, en la carne: allanamientos, detenciones, procesos por desacato y hasta un episodio tan ominoso como emblemático: el pintor Ernesto Deira pelado a cero en una comisaría.
De pronto, los monumentos de Suárez, las refulgentes carpas ornadas con lentejuelas de Puzzovio, el huevo gigante de Federico Manuel Peralta Ramos, los happenings de Minujin, ios muñecos de papel maché de Arias y toda la parafemalia (palabra cara a Primera Plana, revista que alentó y defendió esa movida) quedaron cercados en la manzana loca (Florida, Paraguay, San Martín, Córdoba), sin aire, y sus autores eligieron la inmolación, el holocausto: destruyeron sus pinturas, demolieron sus esculturas, hundieron en el ño sus enormes monigotes {"Di tu palabra y rómpete", como proclamó Schopenhauer) y rumbearon hacia otros mundos. Los arribistas, los realmente snobs, hacia la nada y el olvido. Los valiosos, hacia París o hacia sus solitarios ateliers para librar la batalla de otro modo.

Por supuesto, años después afloraron los reproches, las acusaciones, los pases de factura, los cuestionamientos y -claro- los sesudísimos análisis del fenómeno. Algunos acusaron a Romero Brest, el hombre que'los prohijó y mimó, de "falta de imaginación y de coraje, de ceguera artística". Otros insinuaron que la empresa Siam Di Telia, para salvarse, le pidió ayuda al gobierno y pagó el precio exigido: liquidar "esa cueva extranjerizante y nociva" (definición de un funcionario del Onganíato). Otros arriesgaron una teoría entre política y sociológica: "La culta y refinada burguesía industrial representada por la familia Di Telia fue derrotada por la retrógrada oligarquía vacuna". Ríos de tinta, de explicaciones, de justificaciones. Tardíos (y a veces brutales) palos aquí, allá y acullá: "Fue una mascarada del arte... No inventaron nada: Mar-cel Duchamp hizo lo mismo en 1916... Fue un refugio de homosexuales, drogadictos, judíos y marxistas... Eran burgueses y niños bien jugando a guerrilleros del arte... Eran agentes del imperialismo norteamericano y sus patrones: los Rockefeller y el Departamento de Estado...".

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Hoy, después de sus diez años de esplendor y de sus cerca de cuarenta de sepultura, los adjetivos importan poco. Sólo importa recordar que el Di Telia unió a doscientos artistas, que sacudió más de una pétrea sstantería, que llegó a poner en escena hasta sesenta espectáculos por año, y que más de un puñado de esos artistas vive, crea, perdura y triunfa aquí y en el mundo. Para los muy jóvenes, esa explosión 60-70 es nada: un dato desconocido que cada tanto se filtra en un diario o en una revista, y en el que acaso no se detienen ni un minuto. Para los que cruzaron la raya del medio siglo, nostalgia de un paisaje que no volvió a repetirse. Para sus caballeros cruzados, que salieron a provocar y a espantar lanza en ristre, una parte insoslayable de sus vidas y de sus obras. ¿Hubieran sido lo mismo sin el Di Telia? Tal vez sí, tal vez no. En todo caso, cada pintura, cada escultura, cada happening, cada proclama, pasó por la implacable criba del tiempo, dejó escurrir lo pasatista y atrapó en su fina red aquello que valía. Lo demás -las actitudes, los ropajes, la cascara- es anécdota. Lo otro, la esencia, suele merecer dos palabras (avaras pero reveladoras) incluso de los más escépticos: "Algo dejó". No es menguada victoria.

por Alfredo Sena

 


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